Durante décadas, el Mercado del Norte fue mucho más que un edificio situado en el corazón del microcentro de la capital. Se convirtió en un punto de encuentro, un espacio de abastecimiento cotidiano y un termómetro social y cultural de la ciudad. Allí convivían el comerciante de toda la vida, el vecino que hacía las compras diarias, el trabajador que almorzaba al paso y el turista que encontraba, en un mismo recorrido, sabores, ruidos y costumbres que explicaban Tucumán mejor que cualquier folleto publicitario. Por estos motivos, su cierre, en marzo de 2021, dejó un vacío que todavía se siente.
En consecuencia, la inminente reapertura total del Mercado del Norte no debería leerse solamente como la culminación de una obra pública o la puesta en valor de un inmueble histórico. Es, o debería ser, la oportunidad de recuperar una idea de ciudad que se fue perdiendo con el paso del tiempo: un espacio público vivo, integrado, con identidad propia y capacidad de ordenar la dinámica urbana.
Será determinante que el Mercado no se convierta en un simple shopping, desconectado de la historia y del entorno
El microcentro ha mostrado una vitalidad notable incluso en los años más difíciles. Sin embargo, esa energía muchas veces se expresa de manera desordenada, fragmentada y con una fuerte presión sobre veredas, calles y servicios. Un mercado moderno, bien gestionado y plenamente operativo puede cumplir un rol crucial, como concentrar actividad comercial y gastronómica, atraer flujo peatonal, generar empleo y, al mismo tiempo, ordenar. No se trata de nostalgia, sino de planificación urbana.
El Mercado del Norte fue, en su momento, el primer “supermercado” de Tucumán. Un lugar pensado para el abastecimiento, pero también para el encuentro. Por ese motivo, recuperar ese espíritu, adaptado al siglo XXI, implica entender que las ciudades no se construyen solamente con asfalto y luminarias, sino con espacios que invitan a quedarse, a recorrer y a volver. En ese sentido, la reapertura antes de las vacaciones de invierno aparece como una señal positiva, tanto para los tucumanos como para quienes visitan la provincia.
Claro que el desafío no termina solamente en cortar una cinta. La concesión a largo plazo, la supervisión municipal y la definición del perfil comercial serán determinantes para que el mercado no se convierta en un simple shopping cerrado, desconectado de su entorno. Su valor está precisamente en lo contrario; en su integración con la ciudad, en su capacidad de dialogar con la calle, con el barrio y con la historia.
San Miguel de Tucumán necesita recuperar lugares que ordenen, que convoquen y que construyan identidad y el Mercado del Norte puede llegar a ser uno de ellos. No el único, pero sí un símbolo. Su reapertura debería marcar un punto de inflexión, como entender que recuperar edificios históricos no es solo preservar paredes, sino devolverle a la ciudad espacios que le permitan mirarse, reconocerse y proyectarse.
Si el mercado logra volver a ser ese corazón cotidiano del microcentro el impacto irá mucho más allá de lo comercial. Será una señal de que Tucumán puede, y debe, pensar su desarrollo urbano con una mirada integral. La historia, la economía y la vida cotidiana no son compartimentos estancos, sino partes de una misma ciudad viva.